Mi punto de vista sobre
la sexología y la psicología

Más amor auténtico y menos 'likes'

27/11/17

Las redes sociales están cambiando la manera en que nos relacionamos e influyen cada día más en los vínculos amorosos. El teléfono móvil está presente en los pequeños y grandes momentos de nuestra vida cotidiana y casi se ha convertido en un miembro más de la familia. 

Gracias a esta nueva compañía, nuestra existencia se ha transformado en una vorágine de mensajes, memes, amigos virtuales y contactos, que cada vez nos demandan más y más atención. Esta coyuntura supone que tenemos menos tiempo para cuidar las relaciones auténticas, las que verdaderamente interesan. 

"El primer error es confundir a la persona que nos da un like con alguien que nos importa. O pensar que los amigos de las redes son, en efecto, amigos. La hiperconexión es un gran regalo, pero también un peligro: nos roba incontables horas de vida si no sabemos poner límites y filtrar nuestras relaciones", relata Ferrán Ramon-Cortés en su libro 'Más amistades y menos likes'

Sin tiempo para intimar

La situación queda perfectamente reflejada en una estampa que se repite con frecuencia en los restaurantes: un matrimonio y dos niños, cada uno con su aparato electrónico sin mediar una palabra en toda la comida. O a la hora de la cena en muchos domicilios: el momento donde antes se compartían las experiencias del día puede acabar convertido en un concierto de sintonías de móviles. 

Después de recoger la mesa, la comunicación tampoco mejora en exceso. Cada uno se dedica a navegar por sus redes sociales y a reírse de los chistes en sus grupos de WhatsApp, con lo que los cónyuges acaban llevando vidas paralelas y descuidan esos ratos destinados a intimar y charlar frente a frente. 

La obsesión por el móvil es tal que se llega al extremo de consultarlo nada más terminar las relaciones sexuales. "El cigarrillo y el abrazo después del sexo han sido rápidamente reemplazados por un vistazo a las redes sociales", declara al New York Times, Gillian McCallum, directora de un sitio de citas británico. 

Como apunta la psicóloga Helena Calvo, en lugar de buscar el consejo y el apoyo de la persona que tenemos al lado, preferimos conectar con un millón de amigos imaginarios que nos aceptan por la imagen que proyectamos en Facebook o Instagram y no por cómo somos realmente.

Es cierto que las redes y las aplicaciones de mensajería facilitan mucho la comunicación y las relaciones a distancia, pero también son motivo de disputa. El 42% de las personas de 18 a 29 años confiesa que su pareja se distrajo con el móvil mientras estaban juntos, según una encuesta realizada en EEUU por el Pew Research Center en 2014. Y, como consecuencia, el 18% de ellas discute sobre la cantidad de tiempo que pasan pegados a Internet.

Pero, por paradójico que pueda parecer, estar más conectado que nunca, no significa tener una mejor conexión. Las redes sociales son útiles, pero no lo aguantan todo. De hecho, el uso y abuso del WhatsApp provoca malentendidos en los matrimonios. Por ejemplo, la esposa se encuentra en el trabajo, recibe 40 mensajes, entre ellos, un encargo de su marido y, al final, contesta rápido y de mala gana y motiva sin querer el enfado de éste. 

En muchas ocasiones, es mejor coger el teléfono para resolver los conflictos cotidianos. Como sostiene Ferran Ramon-Cortés, las redes no pueden soportar el peso de una relación, lo que vale tanto para las amistades como para los romances.

"En una conversación cuentas con el tono de voz y los gestos para interpretar la situación. Con los mensajes se pierde la profundidad y complejidad de las relaciones e incluso el lenguaje. Hay adultos que escriben como adolescentes y sólo se expresan a través de emoticonos omitiendo las palabras, más ricas y fluidas", explica la psicóloga y sexóloga Marian Ponte. 

El postureo de la felicidad

Instagram y Facebook también nos han traído otro pecado capital: el postureo. Hay muchos enamorados obsesionados por mostrar al resto del mundo cada minuto de su felicidad: besos en paisajes de ensueño, cumpleaños con globos de helio en forma de corazón o desayunos glamurosos donde no falta la tostada de aguacate, el yogur con semilla de chía y las brochetas de frutas. 

Está claro que la ternura vende, pero esta obsesión por compartirlo todo supone que la privacidad acaba relegada a un segundo plano. Las redes terminan así convertidas en una realidad paralela donde los usuarios suben su autoestima a base de me gustas pero luego no se enfrentan a las contrariedades de la vida. 

De hecho, un estudio británico concluyó que las parejas que más fotos cuelgan en Facebook no son las más felices, sino las más inseguras porque necesitan reafirmarse continuamente. En realidad, cuando uno se encuentra satisfecho, disfruta del momento y no está pendiente de hacer fotos ni se acuerda de actualizar su estado de WhatsApp. 

Este exhibicionismo también crea fricciones en los dúos porque siempre hay uno que es más reservado que el otro. Las redes pueden causar sorpresas desagradables si alguno cuelga una foto de una cena que para el otro era considerada secreta o si se entera de un evento familiar importante a través de ellas. Para evitar estos conflictos es aconsejable hablar sin tapujos y negociar de antemano unas normas sobre lo que se debe o no compartir.

Internet es además utilizada como válvula de escape por muchas parejas que huyen de la rutina y que han encontrado en las webs de citas su método de evasión. Matrimonios que tienen problemas y en lugar de resolverlos, los van acumulando, o aquellos que llevan mucho tiempo juntos y para combatir la monotonía recurren a Tinder, Pure, Meetic o Ashley Madison. "Es algo cada vez más frecuente. La infidelidad se ha acabado banalizando", afirma la psicóloga Helena Calvo. 

Si antes había que currárselo con el cortejo y la búsqueda de encuentros fortuitos para conquistar al amante, ahora cualquiera puede ser infiel a golpe de clic: "En estas aplicaciones no se da valor a las personas en concreto. Es como un mercado de carne: accesible, rápido e inmediato. No supone un esfuerzo y ni siquiera requiere de los mecanismos para ligar. Por tanto, se está perdiendo ese trato necesario entre el hombre y la mujer. Prima la sexualidad y se olvida el romanticismo", argumenta la sexóloga Ponte. 

De esta forma, el cuerpo se ha convertido en un objeto más de consumo, lo que está causando estragos en las relaciones: usuarios que contactan con varias personas a la vez y solapan noviazgos, engaños en los perfiles, decepciones posteriores... "Es tan fácil conocer a alguien que te conformas con menos. Todo esto pone de manifiesto la crisis de valores que estamos viviendo", concluye Calvo. 

Estas aplicaciones también tienen su lado positivo si se hace un buen uso de ellas y algunos psicólogos animan a usarlas a aquellos pacientes que se han quedado viudos o que acaban de pasar por un divorcio.

Rupturas en tiempos de Facebook

Porque las redes sociales también han cambiado la manera de afrontar las rupturas. Es mucho más difícil superar un divorcio si uno está viendo constantemente fotos de su ex de fiesta en fiesta o si cuenta en su muro con todo un rosario de imágenes para recordarle. 

"Ojos que no ven, Facebook que te lo cuenta", narra Mariela Michelena en su libro Me cuesta tanto olvidarte.

Muchos sucumben a la tentación de espiar al ex porque su vida está al alcance de todos. En ocasiones, esta vigilancia deriva en obsesión y se transforma en una relación tóxica. Aunque se intente frenar el acoso y se bloquee al ex, es frecuente que utilice el perfil de un amigo o cuentas falsas. Internet amplifica además las ansias de venganza que se plasman con el envío masivo de material íntimo para hacer daño al otro. 

En estos casos, lo más recomendable es borrar como amigo al antiguo novio, dejar de seguirle y cambiar las contraseñas. De hecho, ya hay aplicaciones como KillSwitch dedicadas a eliminar el rastro de los ex en Facebook.

Por tanto, recuerde: su pareja es más importante que cualquier desconocido con el que se cruce en las redes sociales. Dedíquele tiempo y energía porque las relaciones que no se cuidan acaban muriendo.